Los Curie: la gran saga científica continúa en el siglo XXI

Pierre et Marie Curie
Pierre et Marie Curie

Maria Sklodowska, conocida a la postre como Marie Curie o Madame Curie, ha pasado a la historia como una mujer dedicada en cuerpo y alma al trabajo. Y, como recuerda su nieta, Hélène Langevin-Joliot, «en cierto sentido era cierto». Reflejo de ese carácter es la archiconocida anécdota del vestido de boda, cuando Marie, ante la insistencia de la familia, se negaba a que le regalasen uno nuevo y pronunció la célebre frase: «Pues espero que sea negro, porque pienso ponérmelo cada día para trabajar en el laboratorio».

Pero esta pionera de la radiactividad y la primera científica en ganar dos premios Nobel -uno de Física (1903) y otro de Química (1911)– también tuvo espacio en su vida para su familia, sus aficiones y para un pequeño atisbo de activismo.

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No se puede decir que Marie Curie fuese una activista de los derechos de las mujeres, pero su propia actitud vital hizo más por la igualdad entre ambos sexos que años de mítines y propaganda. En su época hubo un gran debate en Francia sobre el voto de las mujeres. «Ella fue un ejemplo, pero nunca se hubiera implicado en estos asuntos de forma intencionada», afirma Hélène Langevin-Joliot. «Sólo en una ocasión hizo una declaración al respecto, y fue sólo porque un miembro del Parlamento dijo que las mujeres no debían votar, ‘aunque fuesen Marie Curie’. Así que ella protestó», cuenta.

A pesar de sus éxitos científicos y de su enorme prestigio internacional, en el aspecto personal, la vida de Madame Curie tuvo momentos muy amargos que dejaron en nimiedades las dificultades de ser mujer en la Ciencia del siglo XIX.

Una mañana de abril de 1906, su marido Pierre Curie atravesaba la rue Dauphine de París. Llovía y el suelo estaba resbaladizo, según cuenta con maestría José Manuel Sánchez Ron en su libro Marie Curie y su tiempo (Crítica). De pronto una camión tirado por caballos y cargado con 4.000 kilos de material militar no pudo frenar y arrolló a Pierre. Murió de forma instantánea. «Me es imposible expresar la profundidad e importancia de la crisis que trajo a mi vida la pérdida de quién había sido mi más cercano compañero y mejor amigo. Destrozada por el impacto, no me sentí capaz de afrontar el futuro. No podía olvidar, sin embargo, lo que mi esposo solía decir a veces, que, incluso desprovista de él, debía continuar mi trabajo», escribió Marie en su autobiografía.

Tras la muerte de Pierre, Marie pasó otro de los momentos más difíciles de su vida cuando la esposa de Paul Langevin -reconocido mujeriego- acusó a Madame Curie de tener una relación amorosa con su marido. El revuelo mediático que se organizó en la época fue desmedido. Y, a pesar de que Marie era viuda desde hacía cinco años y era Langevin quien estaba casado y tenía cuatro hijos, la opinión pública se cebó con ella y fue acusada de mancillar el apellido Curie.

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Fueron tiempos duros para la científica. Sus hijas fueron insultadas y recibieron lluvias de tomates a la salida del colegio. Casi cada día una nueva pancarta aparecía frente a su casa llamándola extranjera e invitándola a abandonar Francia. Incluso estuvo a punto de perder su cátedra en la Sorbona debido al escándalo. Y no lo hizo por un complejo giro del destino.

El por aquel entonces rector de la Universidad de París, Paul Appell, estaba decidido a expulsarla. Pero, según cuenta Belén Yuste, comisaria de la exposición Marie Sklodowska Curie, una polaca en París y autora -junto con la también comisaria de la exposición Sonnia L. Rivas-Caballero- del libro del mismo nombre, la hija de Appell, Marguerite, amiga del matrimonio Curie, entró en el despacho de su padre entre gritos y le amenazó con no volver a ver a sus nietos si le quitaba la cátedra a Marie. Después de tirar un zapato y romper un espejo en medio de la discusión, Marguerite logró evitar la expulsión de Marie.
Pero la historia de la posible relación de Langevin y madame Curie no quedaría en eso. La esposa de Langevin aseguraba tener correspondencia entre ambos que probaba su relación. Marie aseguraba que esas cartas no existían y llevó el asunto a los tribunales para que un juez pudiese comprobar la supuesta correspondencia. Pero nunca se llegó a tal punto porque la mujer de Langevin quemó antes las cartas.

El propio científico también trató de solucionar el conflicto de la manera habitual en la época: retó a un duelo al periodista que había publicado en el diario la supuesta relación. Pero éste rehusó aceptar el desafío alegando que nunca dispararía contra uno de los grandes cerebros de Francia.

Marie Curie y Langevin tuvieron una relación muy cercana, y el amor platónico existió con toda seguridad, según sus biógrafos. Pero si la relación amorosa llegó a más es algo que no saben ni sus propios nietos Hélène Joliot-Curie y Michel Langevin, quienes, por un carambola del destino, terminaron casándose como si tuviesen que redimir la tortuosa relación de sus respectivos abuelos.

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No obstante, ya la siguiente generación fue completamente diferente. Y es que si se atiende a la faceta más humana de los Curie, no se puede dejar de lado la increíble saga de científicos, Premios Nobel y personajes históricos fascinantes que iniciaron los eminentes científicos que obtuvieron el Premio Nobel de Física -ex aequo con Henri Bequerel- en 1903 por el descubrimiento de la radiactividad natural.

Irène, la hija mayor del matrimonio Curie, también obtuvo un Premio Nobel, en este caso de Química junto a su marido Frèderic Joliot. Pero en cuanto al posicionamiento en temas sociales tuvo una actitud mucho más activa que la de su madre. «Ella sí que llegó incluso a pronunciar mítines en favor de la igualdad de las mujeres», recuerda su hija Hélène. Además, fue apartada de la Comisión Francesa de Energía Atómica en 1951 por sus simpatías con el Partido Comunista francés.

La historia de esta segunda generación de los Curie estuvo muy marcada por su papel durante la Segunda Guerra Mundial. «Recuerdo mucho a mis padres comentar la situación política internacional, más que sobre los experimentos», cuenta Hélène, la mayor de los dos hijos del matrimonio Joliot-Curie. De hecho valoraron la posibilidad de abandonar Francia durante la guerra, pero la débil salud de Irène -tenía tuberculosis- y la colaboración con la resistencia de Frèderic les llevaron a abandonar esa idea.

«Estaban convencidos de que Hitler finalmente no triunfaría», recuerda su hija. «Durante la guerra, mi padre entró en acciones clandestinas… se puede decir que tenía una doble vida. Y creía que podía jugar un papel importante conectando los trabajos científicos anteriores a la guerra con la ciencia posterior y preparar los trabajos científicos que se harían tras el conflicto».

Dentro de la saga de los Curie, quizá la hija pequeña del matrimonio de Marie y Pierre es quien tuvo una privilegiada posición de espectadora del desfile de brillantes científicos y premios Nobel de la familia. Ella fue concertista de piano y la biógrafa de su madre, Madame Curie, cuya obra se convirtió en superventas mundial en 1938, tras la muerte de la eminente científica. Es posible que ella sea responsable en buena medida de la trascendencia mediática de la figura de Marie Curie. Su vida estuvo ligada a los premios Nobel desde su nacimiento hasta su muerte. Su padre y su madre, su hermana, su cuñado y su marido obtuvieron el prestigioso galardón de la Academia Sueca.

A pesar de su pasado, la familia Curie no vive obsesionada con la concesión del Nobel, ni siquiera con la idea de ser científico y continuar la saga. Pero la realidad es que la proporción de eminentes científicos a lo largo de cuatro generaciones es abrumadora. «Tanto mis padres como mi abuela Marie Curie nos transmitieron la sensación constante de que la ciencia era como un juego de niños y que está íntimamente relacionada con el trabajo artístico y creativo», aseguró a este diario Pierre Joliot-Curie durante su visita a España con motivo de la clausura del Año Marie Curie.

«En mi familia, no hablamos demasiado sobre el Premio Nobel», dice la hermana de Pierre, Hélène. «Nunca he tenido de niña el sentimiento de que vivía en una familia especial. Quizá después sí me di cuenta de quién eran mis abuelos y mis padres», reconoce.

Pierre también resta importancia al hecho de pertenecer a una saga como la de los Curie y afirma que lo único distintivo en su familia es lo que comparten todos los grandes científicos: un elevado grado de libertad. «Tengo dos hijos que se dedican a la investigación biológica y un sobrino que es un planetólogo brillante. El balance es de tres científicos de cuatro personas en la cuarta generación», dice. La saga continúa.

La Cuarta Generación
La primera y segunda generación de los Curie acumulan cuatro premios Nobel de ciencias y uno de la Paz. Pero continuar con ese nivel era algo más que difícil. «La probabilidad de que yo fuese un científico de la talla de mis padres o de mis abuelos era muy baja… o cercana a cero», reconoce Pierre Joliot-Curie, nieto del matrimonio francés. Aunque no han alcanzado el nivel de sus predecesores, tanto Pierre como su hermana Hélène, la tercera generación, han sido brillantes científicos. Ambos han sido asesores científicos del Gobierno francés. Hélène tiene 86 años y ya está jubilada, pero fue física nuclear en el Instituto de Física Nuclear de la Universidad de París. Pierre, cinco años menor, es biólogo y fue director de investigación del Centro Nacional de Investigación Científica. La cuarta generación ha continuado la saga y tres de los cuatro descendientes son científicos. Uno de ellos, Yves, es un astrofísico especializado en planetas de fama mundial.
Fuente: El Mundo
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